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Había un silencio extraño en todo, como si el mundo estuviera envuelto en algodón. La luz que entraba por la ventana era gris, sin temperatura, y los días se desdibujaban unos en otros en una larga y monótona sucesión. Era la depresión, una presencia pesada y familiar que lo teñía todo de un color opaco.
Una de esas tardes, en las que el peso era particularmente denso, me senté frente al piano. No fue una decisión consciente, sino un impulso, un último y tenue hilo al que aferrarse. Las manos, que sentía tan ajenas, se posaron sobre las teclas.
Y entonces, no salió una melodía triste y dulce, sino algo mucho más honesto. Surgieron disonancias, acordes que chocaban entre sí como pensamientos ansiosos. Un bajo repetitivo y obstinado, como el latir de una angustia constante. Momentos de caos repentino que se derrumbaban en un susurro, en un silencio frágil, apenas roto por una nota alta y perdida, como un destello de lucidez que se apaga.
Compuse una obra llena de esos momentos extraños, fracturados, porque era el único lenguaje que podía hablar. Era la enfermedad hecha sonido: sus recaídas, sus vacíos, sus sombras. Cada nota discordante era una grieta, cada pausa desesperanzada, un suspiro.
Al darle forma a ese caos interno, algo cambió. No fue una cura mágica, sino un acto de reconocimiento. Por primera vez, no estaba luchando contra la oscuridad, sino traduciéndola. Y en esa extraña y sincera composición, encontré un pequeño rayo de luz: la (prueba) de que incluso desde el lugar más fracturado, puede nacer algo. Algo propio, algo verdadero. Algo que, aunque extraño, era finalmente, mío.
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